Arte e ilusión

Anoche estábamos charlando con amigxs, y el tema era la «observación». Para mi existen tres maneras de ver:

1) Mirar, 2) Observar, y 3) Contemplar. Seguramente me equivoco y el gran John Berger tendría algo para recriminarme. Pero lo escribo igual con el ánimo de que algunx de ustedes me corrija, y empecemos la conversación.

Puedo decir: «miro pasar el tiempo», por ejemplo. O «me detengo a observar» lo que está sucediendo en este momento delante mío. Por otra parte, a veces me gusta «contemplar el futuro». Contemplar para mi tiene una etimología que implica algo de ternura, de consideración en el acto de observar.

Puedo Mirar, observar y contemplar sucesivamente en ese orden. No puedo hacerlo al revés. ¿Están de acuerdo?

Ahora bien, cuando hablamos de fotografía, el acto de mirar (en sus tres categorías que aquí les cito) involucra también una cuarta, que es la capacidad que cada uno tiene para ver (imaginar)  «lo que no está en el encuadre» que el fotógrafo nos da a ver.

Entonces las cosas se complican, se problematizan, se hacen más interesantes. Yo digo que hay fotos que dejan poco por fuera de su propio encuadre y otras tienen cantidad de cosas por descubrir, o intuir, y no están (visualizables o no) dentro de la toma

Cito a Gerhard Richther: «me gustan las imágenes que no entiendo, más que las que entiendo rápidamente».

El enorme (no tengo otro calificactivo 🙂 ) historiador del arte Ernst Gombrich decía que  «tener ojo no es un privilegio sino una práctica», y que su misión como historiador era la de «ayudar a abrir ojos, no a aflojar lenguas».

A Gombrich le incomodaba el rumbo que estaba tomando el arte contemporáneo donde la mirada empieza a ser reemplazada por lo cerebral, por lo conceptual. Cada vez hay menos para ver, y más para justificar.

 Fotos: Shomei Tomatsu, Daido Moriyama,  Anders Petersen