CONTRASTE ECOGRÁFICO

Jacques Henri Lartigue no se consideraba un fotógrafo «serio». Él era más bien pintor. Lo fue toda su vida, aunque sus pinturas sean casi desconocidas y sus fotografías lo hicieran famoso mundialmente. 

Según Francois Soulages, que vendrá próximamente a Buenos Aires a dar una serie de charlas en la Fundación ArtexArte, la obra fotográfica de Lartigue es retroactiva. Es decir, se convirtió en obra después, mucho después, de haber sido realizada. Y tal vez, si no hubiera mediado su descubrimiento por parte del MoMA, puede ser que nunca hubiera pasado de ser un pintor discreto.

Lo importante acá es que Lartigue descreía de las posiblidades artísticas de la fotografía en la medida que la imagen lograda no proviniera directamente de la mente ejecutora (disparadora, digamos), porque cualquier otra intromisión en esta operación (post producción le decimos ahora) habría contaminado su visión con un «truco». Lo que ahora llamamos «recursos», cuando apenas reconocemos una foto detrás de una serie de procesos que la «ponen» más artística, que la sacan un poco de su adormecedora bidimensionalidad.

La foto de Lartigue que encabeza este post, no parece ser aburrida como para tener que agregarle nada. Es más, seguramente la arruinaríamos con cualquier intervención. Soulages dice que Lartigue era un artista, aún sin saberlo, y que es suficiente para considerar sus fotos como obras de arte, la fidelidad a lo que llama el «acto fotográfico originario». Su estética entonces sería retroactiva, justifica el francés…

Ahora hago una traspolación horrible hacia otro campo de la fotografía. Su uso forense, por así decirlo, que vemos en la cantidad de imágenes que producen a diario las fuerzas de seguridad y que distribuye o filtra públicamente según la conveniencia de la institución. La foto de arriba es una de las más conocidas del suboficial Emmanuel Echazú, luego de su participación en la represión de los mapuches el 1 de agosto pasado en la ruta 40 cerca de  Esquel.

La puesta en tensión de estas dos imágenes que están tan en los extremos, temporales, temáticos, artísticos, contextuales, etc. Me hace pensar en el extraño mundo en el que vivimos actualmente. Tal vez es el mismo que Lartigue, que en su vida de privilegios, no llegó nunca siquiera a vislumbrar. En todo caso, lo que aquí las une es esa oposición… y la técnica. Quiero decir: ese acto fotográfico sin intermediaciones que deja limpia la imagen para su lectura. En los ojos del subalférez se ve fiereza y perplejidad ante el disparo del fotógrafo/fotógrafa de gendarmería. El foco está atrás del primer plano, como si la acción los hubiera tomado por sorpresa a los dos, operador y sujeto. Hasta podría pensar que este hombre más bien está «huyendo» que volviendo de la orilla del río.

En la foto de Lartigue es al revés, el foco está en el segundo plano, que es el que interesa al fotógrafo. Me pregunto qué plano le estaría interesando más al personal de gendarmería que operó la cámara que captó ese instante en el recorrido del subalférez Echazú. ¿Alguien se lo preguntó?

A veces, o casi siempre, poner en diálogo (por decirlo de algún modo) dos fotos que no tienen ninguna relación ente si, permite ver más claramente lo que hay en ellas. Podríamos seguir hablando acerca de estas dos imágenes y seguramente llegaríamos, aunque más no sea conjeturalmente, a establecer nuevos vínculos con la realidad. Hagan la prueba.