Cuento de domingo 01

Estimadísimos: hoy comienzo a publicar unos escritos que se llamarán tal cuál el título que ven arriba. En verdad, ya los había publicado en mi blog personal hace dos veranos, y no tuvieron ningúna repercusión ni comentarios ni fotos ni nada. Entonces pensé que tal vez aquí la idea pueda funcionar mejor. Todos los domingos (dia de mierda si los hay) publicaré un capítulo de este texto y tal vez a ustedes se les ocurra ponerle alguna imagen. Me la mandan por correo electrónico y yo la publico (si se puede publicar, claro), la discutimos, la criticamos, le hacermos todo el tratamiento, si! . Ahora les pincho ésta de acá abajo que la hizo Cata. La única inspirada que finalmente logró una foto buena de un cuento tan malo.

No sentía nada (I)

No sentía nada. ¿Estaba apagado, triste? El café tenía un gusto definitivamente raro. Él nunca hacía el café a la mañana. Su mamá o Juana (su hermana menor) lo hacían. Sabía que podía tener gustos diferentes por la marca, la cantidad de cucharadas en la cafetera, el agua. Estaba acostumbrado a todos esos diferentes gustos. Incluso algunos lo ponían de mal humor cuando todavía no podía “despegar” y necesitaba un sabor
preciso. Fernando siempre había tenido un sentido muy desarrollado del gusto
y el olfato.

– ¿Qué le pusiste hoy al café Ju?
– Nada, lo de siempre. ¿Por qué te quejás boludo?
– No me quejo.
– Entonces no pongas esa cara de boludo.

Juana tiene cuatro años menos que él, y sin embargo siempre se comportó como si fuera mayor. La relación invertida. Todavía tiene el olor de su hermana impregnado en la mente de cuando ella nació.

Fernando siente algo áspero debajo de la lengua. Mira a su hermana que le da la espalda mientras le habla. Podría estar quieto todo el día frente a la taza del desayuno. ¿Para qué moverse?
Ni que hubiera aprendido la lección en exceso. Ese desborde de energía rotundo había colapsado, se había esfumado.

– ¿Negro o blanco?- pregunta Juana graduando el fuego.
– ¿Quedó del que traje ayer?
– Todo tuyo. Está arriba de la heladera; ¿me alcanzás el queso ya que estás?

Fernando se incorporó atento a la respuesta de sus músculos, midiendo su propio peso.

– No sé qué le ponen; ¿lo probaste?
– Es pan! ¿qué le van a poner? harina, levadura y alguna gilada para cobrártelo un huevo. ¡Sólo vos comprás un pan a seis mangos!

El tono irritante de su hermana esta vez siguió de largo. ¿Lo traspasó? A Fernando le sonaba un eco. A pesar del sabroso mordisco el estómago se cerró resentido. Sumergido en sus contradicciones sin levantar la vista del plato, de golpe se sintió observado. “Puta! puto pan!” tragó callado.
Ahora, a la sensación áspera en la boca se suma el revoltijo en el estómago. Su mano derecha que está apoyada sobre la mesa, justo al lado de la taza, parece distinta. Está quieta, muerta; pero sigue sintiendo el fluir de la sangre por dentro. “Hace mucho que no me clavo una pasta, ayer no tomé nada….”

Fernando mira a su hermana que le sigue dando la espalda. Él ya está casi totalmente rígido; mira las caderas de su hermana. Nunca había reparado en las caderas de su hermana.

“Tengo que salir ya para el trabajo, puta! que sensación rara!”. Siente los oídos como atravesados por una fina cuerda de acero.

Juana calienta más café y se sirve otra taza. “Qué malhumor, este boludo está cada vez más nerdo. Y ayer Oli ni apareció, me dejó colgada y pensando que algo iba a pasar. Pero ¿dónde se metió la vieja?”

– Te está haciendo bien esta novia nueva, ¿cómo se llama?
– No me empieces a joder temprano! Olivia, ¿tanto te cuesta? y no es mi
novia.
– ¿Está linda OLIVIA? ¿Vos qué vendrías a ser, Popey? ¡Con lo que te gusta la
espinaca!
– ¡Ves que sos un imbécil! después querés que te presente a mis amigas; no te
aguanto. ¿Sabés dónde está mamá?
– ¿Por qué te ponés así? qué falta de humor. Claro que quiero conocer a tus amigas, ¿acaso no es normal?
– ¿Sabés de mamá o no?, preguntó ella en un tono más bajo sin poder disimular
su enojo. Se levantó molesta y empezó a acomodar las tazas y platos.
Fernando dio un último sorbo y caminado hacia la pileta de la cocina distraídamente encerró a su hermana contra le mesada. Fingiendo no querer tocarla se estiró para llegar al borde sosteniendo todo el
aire que rodeaba a Juana.
– Andará en las suyas la vieja. ¿Te tiene preocupada?- preguntó con la voz más tierna que pudo.
– Me tengo que ir cagando.- agregó enseguida.