DE PROPIOS Y AJENOS

En 1981 Sherrie Levine escandalizaba al público de Nueva York, con su muestra After Walker Evans, en la cual reprodujo cuidadosamente las famosas fotos que el padre del estilo documental hizo para su Album de Alabama, las firmó como propias, las enmarcó, las colgó y las puso a la venta.

La apropiación como práctica artística, incluso como escuela, no era nueva. Desde el primer collage en el campo del arte ya estábamos hablando de apropiacionismo, sobre todo de fotografías tomadas de los diarios, archivos anónimos, etc.

Lo cierto es que entre la idea y la forma, cuando hablamos de Levine, había una diferencia sustancial con los casos anteriores. Ella había elegido a un artista (masculino) emblemático para la historia de la fotografía mundial (escrita por hombres). No estaba dando visibilidad a un pobre anónimo que había hecho algunas fotos fabulosas y el público nunca había tenido la oportunidad de llegar a él. 😉

Ayer pensaba en lo chanta que había sido Robert Capa con su famosa frase «Si la foto no es buena, es porque no estabas lo suficientemente cerca». ¿Qué tan cerca estaba del miliciano republicano para hacerlo saltar una y otra vez la zanja?.  Diane Arbus, a diferencia de sus compañeros de ruta en la muestra Nuevos Documentos de John Szarkowski en 1967, hacía foto callejera pero no era una cazadora de imágenes. Arbus se relacionaba con la gente, entraba en contacto y los seguía. Lo  suyo era el cuerpo a cuerpo de verdad, aunque el escenario no fuera una guerra. Aún así, le costó la vida.

El apropiacionismo puede ser una forma de esquivarle el bulto a la práctica fotográfica, que tiene esta relación con la realidad visible  que al final  constituye su condena. «Estar cerca» conlleva riesgos físicos, no hay vuelta que darle. Levine está cerca, y a su manera corre serios riesgos. El más claro de ellos es el de  ser malinterpretada.

Pero la obra de Levine, incluso la de Larry Sultan y Mike Mandel en 1977 son juegos de niños al lado de la provocación de Richard Prince  (arriba) cuando hace dos años hizo su muestra New Portraits con apropiaciones de fotos subidas a Instagram y las vendió a 90.000 dólares la pieza. Las fotos respetaban el diseño de la red social (su contexto) e incluso se podía leer el nombre del autor/autora. Así que si alguien quiso pagar esa suma en vez de contactar al verdadero artista y pagarla mucho menos… no era el problema de Prince.

Finalmente, y como conclusión de todo este desaguisado, me pregunto qué diferencia hay (en cuanto a autenticidad) entre la foto armada de Robert Capa y la foto apropiada de Sherrie Levine?. Ustedes tienen la palabra