Diario de duelo

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No se puede con todo. Asi es, aunque uno se lo proponga. Y los demás nos digan que no es necesario, pero nos impulsen a hacerlo de todas maneras. Al fin de cuentas, lo que importa es el contenido.

Les pido disculpas por esta breve ausencia, que yo siento como eterna. No sé bien por qué razón, este blog es para mi un asunto personal. Tengo razones para ausentarme. Y no lo digo por justificarme. O para que piensen que se me acabaron las ganas. Aproveché estos días (desde el martes último) para acercarme un poco más a fotógrafos que quiero y en los que confío ciegamente: Eugene Atget y Walker Evans. Entre el inmsomnio y la falta de esperanza, dos de sus libros fueron mi refugio. De ellos siempre aprendí que estar demasiado cerca no es garantía de calidad. Qué el momento preciso se hace presente cuando uno realmente está preparado.

Aprendí que el agua chata y negra en la superficie de un estanque es una foto que vale la pena tomar. Que los reflejos de los edificios sobre los maniquíes, elegantes y altivos, en una vidriera parisina de principios de siglo, son obras únicas que cualquiera podría haber hecho (pero nadie lo hizo antes que él). Son tan simples y evocativas como contudentes. John Berger dice: “Cuando la intensidad de la mirada alcanza un determinado grado, se descubre una energía igualmente intensa que se aproxima, desde la apariencia de aquello  -sea lo que fuere-  que estamos observando”

Para que este fenómeno se produza, solo se necesita un mínimo de tiempo y concentración. Pero no pidamos más que eso a la fotografía. Como dice Barthes (encabezando este post, con su madre en 1923): “…Desgraciadamente, por mucho que escrute no descubro nada: si amplío, no aparece otra cosa que la rugosidad del papel: desahogo la imagen en beneficio de su materia; y si no amplío, si me contento con escrutar, sólo obtengo la certeza poseída desde hace tiempo, desde el primer vistazo, de que esto ha sido efectivamente”