El buen dolor

Ayer salí de la redacción sin campera y con un papel en la mano. Un recurso ideal para escaparse y que todos piensen que en verdad seguís trabajando. Corrí hasta el subterráneo, lo tomé de un salto y me bajé en la estación Uruguay. Quería ir a la inauguración de la muestra “La Casa” de Daniel Muchiut en la fotogalería del TMGSM, no me la quería perder. La recorrí a los brincos porque tenía que volver a la fábrica urgente. Pero fue suficiente para “ver esas fotos” de otro modo. Una cosa es en el monitor, y otra muy distinta es contemplarlas grandes, bien copiadas, con luz y ahhh! con el detalle importantísimo que le da más valor a su emocionante presentación: las tarjetas postales antiguas de la familia de Daniel que completan el melancólico registro de la casa de doña Carmela en Chivilcoy.

Pero la verdad, queridos amigos, quiero escribir del dolor, y les cuento que me robé el título de este comentario de la bellísima novela de Guillermo Saccomanno. Pero el arte apropiado está de moda! y mi dolor no me permite ser más creativo… ¿El buen dolor es lo que siente una anciana cuando limpia primorosamente los pequeños monumentos de los recuerdos de toda una vida?. Los atesora en su casa  y  los pone a disposición de la mirada de Muchiut, que despojado de cualquier sentimentalismo, retrata cada una de las pequeñas instalaciones que va descubriendo.  Juan Travnik nos avisa, en su conmovedor prólogo, de aquella extraña reconciliación que se logra -fotografía mediante- entre el pasado brumoso y el presente que lo mira con recelo, o con ignorancia. Gracias a Daniel Muchiut saboreamos ese buen dolor que se desprende de esos objetos. El transcurso del tiempo cumplió su tarea. Me hace acordar a Walker Evans (abajo): “la delimitación de la observación pura, y dura” sólo eso. Ese es el arte de Daniel.

.

El buen dolor es un recuerdo luminoso  de la historia de amor contenida en esos objetos. Y si nos dejamos llevar por los detalles, podemos casi palparlos. Como las grandes historias de amor (que las hay, a no dudarlo), que nos plantan en la boca un regusto agridulce y dejan en nuestros ojos un gesto agradecido y triste. Un recuerdo que se hará presente y locuaz a la hora de nuevos amores. Roland Barthes se levantaría de su tumba si acaso leyera esto (por lo mal escrito sobretodo!) El buen dolor nos hace más generosos pero también más desesperanzados. Siempre será un tesoro, irremplazable objeto amoroso de nuestro paso por la vida.