El color de los demás

“En la fotografía documental, el sujeto de la imagen controla en gran medida la fotografía”

La autora del epígrafe de este post, Berenice Abbott, se revolvería en su tumba si tuviera la oportunidad de apreciar el panorama actual de la fotografía. La idea de casi no controlar lo que sucede ante el objetivo de la cámara no era respetado por varios de sus contemporáneos. Aún asi, la frase sigue siendo vigente

Ayer a la tarde, en una ronda de café con colegas locales en una fonda de Lavapiés, la charla se orientó hacia Javier Arcenillas (arriba) y su cuestionado premio del concurso de fotografía periodística de la Comunidad de Madrid. La manipulación de una imagen para lograr un resultado acorde con los deseos del jurado no es novedad. Y tampoco son novedad las zonas grises de los reglamentos de estos concursos.

La pregunta del millón es en dónde queda la credibilidad del autor consagrado. La discusión ya tiene muchas décadas. Otros autores españoles fueron pasando de boca mientras estírabamos la salida al frio madrileño. José Maria Mellado, Pep Bonet, (arriba) fueron algunos de los nombrados.

Berenice Abbott se preguntaría si acaso estos fotógrafos, con su super elaborada técnica de retoque no están haciendo el mismo tipo de manipulación que se le adjudica a Arcenillas.

La necesidad de impactar visualmente, y de machacar sobre contenidos exóticos para imponerse en este gran caldero de imágenes en el que vivimos sumergidos, es tal vez una de las respuestas a esta tendencia estética en la fotografía documental actual.

Nadie en estos tiempos negaría el valor documental de la obra de Margaret Bourke-White en los años 30 en Estados Unidos. En ese tiempo, fue el mismísimo Walker Evans que calificó al libro You have seen their faces (arriba) como un producto “pernicioso” y “moralmente grosero” (1). Y en oposición a la mirada de Bourke-White realiza su más famoso ensayo Elogiemos ahora a hombres famosos, en colaboración con James Agee. Evans suprime los pies de foto y antepone las imágenes a cualquier tipo de texto. El tema es casi el mismo en ambos trabajos. Lo que cambia es el estilo, y la ética estética de las imágenes.

Si pudiera volver a charlar con mis amigos españoles al abrigo de aquel bodegón de Lavapiés, seguramente les repetiría la frase de Evans: “Un documento tiene una utilidad, mientras que el arte es realmente inútil. Así, así el arte nunca es un documento, pero puede adoptar su estilo. Me califican a veces como “fotógrafo documental”, pero esto supone el conocimiento sutil de la distinción que acabo de hacer, y que es más bien reciente. Se puede actuar bajo esta definición y sentir el placer malóvolo de hacer el cambio. Muy a menudo, yo hago una cosa mientras la gente cree que estoy a punto de hacer otra” (2)

 

(1) El estilo documental. De August Sander a Walker Evans 1920-1945. Olivier Lugon

(2) W. Evans, 1971