El dolor de los demás

Hacer una buena fotografía tiene un costo. Y me propongo identificar ese costo, materializalo, ponerle palabras.

Ustedes dirán: «El costo son los conocimientos adquiridos puestos al servicio de la imagen». Yo digo que no. Hacer una buena foto cuesta mucho. Hacer muchas buenas fotos entonces es como ganarse el pan de cada día limpiando baños, trabajando en una línea de producción sin horarios para el descanso. 🙂

Si una buena foto no te cuesta nada, no será tan buena. No creo en los que fotografían porque «me divierte», porque «amo fotografiar», o «porque no sé hacer otra cosa

Hace unos días fue motivo de conversación con algunos colegas. ¿Quién no tuvo que comunicar, en algún momento de su vida, una difícil noticia a un gran amigo?. Ante esa circunstancia uno piensa y repiensa, ensaya argumentos, calcula las posibles reacciones, tiembla ante la posibilidad de un resultado opuesto al buscado. En fin, enfrentar a un amigo/amiga con una verdad difícil, cuesta. Cuesta mucho. Tanto como hacer una buena foto… 🙂

Estoy convencido de que Diane ARbus pensaba de una manera parecida cada vez que apretaba el disparador de su Mamiya. Moriyama, Anders Petersen (foto), Sergey Bratkov (foto), Antoine D´ Agata, Nan Goldin, Larry Clark, Araki (foto).

Pero claro, seguramente existe otra clase de fotografos. Opuesta, tal vez, a la que aquí les describo. Ustedes, ¿a cuál pertencen?

¿Listo? Ya!