LA BOMBA AL AIRE

En febrero de 1955 yo cumplía siete meses de vida. Mi mamá me contó que desde muy chiquito había padecido alguna clase de alergia a la leche que se manifestaba en unas ronchas horribles en todo mi cuerpo, así que mi período de lactancia fue interrumpido. Eran tiempos de grandes tensiones en el país, que se cristalizarían en junio de ese mismo año cuando un escuadrón de aviones navales bombardeó la Plaza de Mayo dejando más de 400 civiles muertos como resultado. Lo que siguió fue un descontrol que terminó con el golpe de septiembre que derrocó el gobierno democrático de Perón.
Pero en ese mes de febrero sucedió un crimen que ganó la primera plana de todos los diarios, por su crueldad (una joven asesinada y descuartizada en ocho partes diseminadas en un radio de más de 60 km) y por la pública autodefensa de su asesino que escribió un libro desde la cárcel que le valió una gran popularidad y que le valió, diez años después, la conmutación de su condena a veinte años de prisión .
Ayer, tuvo lugar en Proa 21, la presentación de la pieza de periodismo performático «Toda la muerte al aire», ideada y dirigida por María Eugenia Cerutti y Alejandro Marinelli. En esta recreación de aquel femicidio, sobre los muros del patio trasero de la institución, aparecían imágenes documentales de la reconstrucción del crimen, mezcladas con otras, de la misma época, que de alguna manera aludían al espantoso hecho, pero también a la masiva matanza de inocentes ese mismo año . La metáfora de esta obra, para mi, vincula los dos actos horrendos en un estado de cosas imposible de entender actualmente. Así como no puedo imaginar cuatrocientos muertos en la Plaza ahora mismo, tampoco puedo medir el impacto que el hecho tuvo sobre la vida de mis jóvenes padres aquel entonces.


Lo que si comprendo es el enorme (por lo grande pero también por lo simbólico) significado de esa foto de una bomba sin explotar que ilustra esta nota, y que forma parte de la obra de Cerutti y Marinelli. Alguien me dijo al pasar que el artefacto todavía se conserva en algún lugar, no lo se. Pero en ese instante, la bomba estaba intacta. La bomba permanece in-explotada como un peligro latente, como una fotografía no revelada. En el mes de julio de 1955, es decir entre los bombardeos y el golpe, cumplí un año y mi mamá me hizo retratar en estas cabecitas que acá publico junto a «la bomba sin explotar». Aparentemente ya recuperado de mi alergia a la leche sonreía a la cámara, inconsciente de la gravedad de los hechos que se abatían sobre nuestras vidas. Pasaron más de sesenta años de aquel momento, y a lo largo de mi vida tuve siempre algún episodio vinculado con alergias y reacciones en la piel. Mientras tanto la bomba permanece ahí, esperando cumplir su cometido.