LA FOTOGRAFÍA NO SE ACABA NUNCA

 El rectángulo mágico no pierde magnetismo, como el cuadrado negro de Malevich, la fotografía es inagotable en sus posibilidades. Están los que buscan la «autonomía» de la imagen en solitario, y los que indagan en las posibilidades narrativas de un grupo de fotos.

Lo cierto es que varias imágenes autosuficientes (por decirlo de alguna manera) dispuestas en una pared, no siempre da como resultado una narración, y visceversa. Por más que las fotos se relacionen entre sí, si no hay un sustento detrás (un significado profundo) y una efectiva articulación, lo que veremos será un conjunto más o menos logrado de imágenes… flojas.

El miércoles pasado tuve una experiencia reveladora (para la fotografía local) en cuanto a novedosas formas narrativas expresadas en el montaje. Fue durante la inauguración de la muestra de los ganadores de los visionados organizados por FoLa en mayo pasado.  Sol Miraglia, Ignacio Ravazolli, Martín Estol, Leo Marino, Sara Pabst y Martin Bollati.

 Ya había visto tales audacias en otras muestras (Me acuerdo de Ceci Estalles en Familia, modelo para desarmar en ArtexArte, por ejemplo), pero lo destacable de esta experiencia en FoLa fue que seis artistas, que fueron elegidos arbitrariamente por sus méritos durante una revisión de portfolios, se pusieron a trabajar en conjunto (arriba, la maqueta que hicieron), con proyectos bastante disímiles entre sí.

 Lo que más poético me resultó fue el proceso que siguieron Sara Pabst y Martín Estol, cada uno en paredes enfrentadas. Reclusive de Sara (arriba), un trabajo intimista que fue encadenando en una serie de fotos (enmarcadas unas, pegadas al muro directamente las otras) que forman una constelación que evoluciona hacia un drama que es tan inexplicable y al mismo tiempo tan descriptivo como un diario íntimo.

Martín Estol en una línea de trabajo similar redujo su inmenso proyecto «Montarás» a una serie mínima de fotos, donde se destaca un escaneo directo en color de una macheta rota que es el eje sobre el que se estructura su relato, que culmina con una imagen que se desprende y sube por la pared, magnificando aún más una fuerte apuesta visual (abajo)

 En los extremos más angostos del rectángulo de la sala están los trabajos de Martín Bollati y de Sol Miraglia. Martín lleva a la pared una selección de La Forma Bruta aproximándose a la propueta lúdica de su libro, que es el primer soporte en el que su trabajo se da a ver. Lo gestual, se exacerba en una foto que está directamente sobre el piso, combinando extrañamente con la del proyecto de Estol que por el contrario se eleva (arriba)

 «Luisita» es el proyecto de Sol (arriba, junto a Martin Bollati), en el que viene trabajando hace ya bastante tiempo. La propuesta hace centro (como un altar) en una imagen muy grande de una escenografía de teatro de revistas impresa en terciopelo, y a sus lados pequeños cuadernillos cocidos («con la máquina de coser de mi abuela» nos dice Sol) con fotos del archivo de Luisita, más un estante con pequeños calendarios con imágenes de animales (su otra pasión) que como souvenirs, se ofrecen al público gratuitamente.

Ignacio Ravazzoli (sociólogo y estudiante de diseño) traslada a la pared su experiencia en FB donde postea fotos de su facultad y comparte los comentarios que intercambia con sus seguidores. Enfrente, Leo Marino dispuso un damero (al estilo Becher) donde desplegó  15 imágenes de Suburbios cercanos, proyecto documental sobre el gran Buenos Aires (arriba).

Estos jóvenes artistas no son, como dije antes, un grupo constituido. Julieta Escardó y Fernando Gutierrez colaboraron críticamente al principio, pero en definitiva ellos se constituyeron como un colectivo efímero para crear esta propuesta que armoniza trabajos tan disímiles. Una forma de ver buena fotografía, sin perder de vista el eterno atractivo del rectángulo mágico