La verdad no se desnuda

Me queda una hora antes de irme de la fábrica de noticias. Ayer hablaba con Marina y con Laura acerca de la verdad, de las almas gemelas (como en La Doble Vida de Verónica),  de los viajes a la China (de Laura), del Tom Collins y del Negroni!. Y no hubo caso, no pude fotografiar a Marina. La belleza, dicen, no es accesible a todo el mundo. Y la verdad de la belleza se disuelve entre los dedos cuando corremos el breve velo que la disimula. Asi que mejor me quedo con las ganas y no intento fotografiarla nuevamente.

Me apuro porque no tengo mucho tiempo más esta noche. Aquí les cuelgo una bella fotografía de Guadalupe Miles (arriba), que es de Salta y expuso, junto a Florencia Blanco y a Jonathan  Delacroix, en la Galería de Ernesto Catena hasta hace poquito. Pero yo me la perdí! Asi que ahora se tienen que conformar con Eleonora Margiotta (Izquierda: de la serie Pesebres Escolares) y Alegandro Burset que ataca con los «Solos».

Fabricaciones, amigos mios. Son fabricaciones fotografiables, fotografiadas (¿o no?). Lo miro a André Kértez, que vuelve a este mundo que ahora es virtual con sus fotos sobre la lectura (On Reading) en la portada de una revista picante como Dazed & Confused. Qué grata sorpresa! Este librito, fue uno de los primeros que vi del gran húngaro maestro de la ternura y la melancolía. Era apenas un rejunte de cuadernillos mal impresos. Una belleza que no pude robarme en el momento y luego me arrepentí toda la vida.  Algunas de esas fotos se vieron aquí, en el Museo Nacional de Bellas Artes en los años ochenta, con el maestro presente, saludando ceremoniosamente a todo cholulo que se le acercaba para retratarse con él.

Lo real no permanece como tal si disipamos la ilusión que la realidad nos provoca.  Esta idea es casi un espacio físico entre la superficie de una fotografía y los ojos del observador. Es una distancia que no hay que intentar traspasar.

¿Se dan cuenta? todas estas paparruchadas que aqui escribo, son malas interpretaciones de los pensamientos de Jean Baudrillard, que me empeño en desantrañar (sin éxito alguno), animado quizás por los excelentes tragos que prepara Guillermo en la barra de su pequeño restaurante Doppelganger, y por la extraña y breve conversación que mantuvimos sobre el final de la noche.