Muertos éticos y estéticos

La semana pasada me escribió mi amigo y admirado colega Luis Priamo. A continuación, les transcribo su artículo, y los invito a que charlemos del tema que Luis tan amablemente quiere compartir con nosotros.

LA ÉTICA PERIODÍSTICA Y LA MUERTE
Luis Priamo*

En las últimas semanas fue muy comentada la publicación en el diario El País, de España, de una falsa fotografía del presidente Chávez agonizante. El tema central de las notas de opinión se refiere a la ética periodística y sus límites frente a imágenes de esta naturaleza, más allá de que la foto no correspondiera a Chávez. Esto último, en cualquier caso, revela irresponsabilidad editorial al no chequear la veracidad de la foto, algo inaudito para un diario como el español. Pero lo que afectó a la ética periodística fue la publicación de una imagen que resulta gratuitamente agresiva y humillante para la persona que se ve entubada en una sala de cuidados intensivos.

En ninguna de las notas que he leído se pone en duda que esto es éticamente reprobable, y en todas ellas se sobreentiende que siempre ha sido así –incluso se mencionan casos históricos, como fue el de una serie de fotos de Balbín en situación similar al del falso Chávez, que dieron lugar a un juicio a la revista que las publicó por parte de la familia del líder radical–. Sobre el primer punto nada tengo que decir. Sobre el segundo, en cambio, puedo asegurar que en las primeras épocas del periodismo gráfico, a principios del siglo pasado, este tipo de fotografías no tenían interdicción ética alguna para su publicación, al menos en nuestro país.

Al respecto, en el Museo Mitre puede consultarse una foto del general Bartolomé Mitre en agonía, retocada para su publicación periodística, que no lo muestra entubado por la simple razón de que entonces no existían tales adminículos. En compensación, puede verse a la orilla de la cama una poco delicada bacinilla, vulgo escupidera, que ningún familiar ni el fotógrafo se ocuparon de disimular.

Otra célebre escupidera acompaña a Sarmiento en una de sus fotos más notorias, donde lo vemos ya muerto, sentado en su mesa de trabajo de Asunción del Paraguay. Lo interesante de esta foto es que fue preparada cuidadosamente horas después de la muerte del prócer, que falleció en la madrugada y en su cama. Quienes acompañaron a Sarmiento en su agonía esperaron la llegada del día, llevaron su cadáver a la sala de trabajo, lo acomodaron en la silla y lo dispusieron en posición ventajosa para las condiciones de luz que necesitaba el fotógrafo. Fue una rigurosa misce-en-scene para la foto, es decir para la posteridad (donde la escupidera resulta un toque de realismo escrupuloso por parte de los escenógrafos).

Los cuerpos desmadejados de Sarmiento y de Mitre, sometidos a la brutal y nada elegante informalidad de la muerte –inminente en un caso y cumplida en el otro–, bastarían hoy día para relegar estas fotos a la condición de impublicables por razones éticas. En aquel entonces, por el contrario, fueron preparadas deliberadamente para su difusión pública y masiva –de hecho Caras y Caretas publicó la foto de Sarmiento en su número 39, del 9 de septiembre de 1899, memorando el aniversario de su muerte–. ¿Qué fue lo que cambió de ayer a hoy en el concepto ético del periodismo para provocar ahora la segregación rigurosa de fotografías como éstas?

En mi opinión, la clave está en el profundo cambio que ha sufrido nuestra sensibilidad frente a la muerte o su proximidad –no la muerte en abstracto, sino la propia o la de nuestros seres queridos–, provocando en el curso de no muchos años una actitud de negación y encubrimiento impensada hace menos de un siglo –actitud que el historiador francés Philippe Aries finca en lo que llama tabú de la muerte, cuyas primeras manifestaciones ubica hacia los años treinta del siglo pasado en los países avanzados de Occidente–, una de cuyas consecuencias ha sido el desplazamiento de los límites éticos para la publicación de las imágenes de muerte o agonía de personas importantes –la puntualización es necesaria: cuando el muerto es anónimo el interdicto editorial se flexibiliza–. De hecho una de las razones más esgrimidas para condenar la publicación de la foto de Chávez fue que representa un asalto a la privacidad de la persona agonizante, algo que en el pasado no tenía sentido tratándose de un hombre paradigmático, al que la cercanía de la muerte o su consumación liberaban de tal privacidad, convirtiéndolo en un símbolo social.

En tiempos de Mitre y Sarmiento la consecuencia automática de la muerte en hombres públicos ejemplares como ellos era, naturalmente, la inmortalidad. O, mejor dicho, la exaltación de la inmortalidad. Así, la foto de Mitre agonizante lo capta en su hora inminente del paso a la Gloria. Quienes la tomaron y prepararon para su publicación daban por descontado la peculiar emoción que produciría en los argentinos: un hombre grande, un Patriota, dejaba la vida y se ponía en manos de la Memoria de su pueblo. La inminencia del trance a la inmortalidad de esa grande alma debía registrarse. Era una celebración imperativa, y en tal sentido la puesta en página de la foto –retocada para su publicación, lo repito, aunque ignoro si se contretó y dónde– resultaba poco menos que un Oratorio cívico. La de Sarmiento fue preparada para trasmitir a las generaciones siguientes su imagen paradigmática: la del Prócer dedicado a su Patria hasta el último suspiro. La condición física degradada de ambos contribuía a ese pathos: ellos estaban más allá de las miserias del cuerpo, ya eran parte de un Panteón que nadie discutía, ni sus enemigos políticos de entonces.

La idea del grande hombre público como Inmortal no ha cambiado mucho desde la época de Mitre y Sarmiento a la de Perón o Chávez. Quizá perdió gravedad, pero continúa viva. Millones de venezolanos venerarán a Chávez después de su muerte, y hoy mismo el retrato del Comandante ya debe estar en innumerables altarcitos familiares. Para esas personas ya es un Olímpico. Lo que no se tolera, lo que se considera “una canallada” –en opinión de la presidente Fernández y de medio mundo, chavista o no–, es la publicación de su foto mostrándolo en agonía. Y en este punto el hecho de que la foto haya sido trucada reconfirma lo que decimos: se la trucó a sabiendas de que es ofensiva y vejatoria para la figura del presidente Chávez. Exactamente al revés que en el caso de Mitre.

La sensación vejatoria que hoy sentimos al ver una foto como esta publicada en un medio gráfico, es similar a la que nos produce la mera idea de fotografiar a un ser querido en su lecho de muerte o en el ataúd, costumbre habitual en el pasado y hoy también abandonada. (Se trata de una proyección específica, como dijimos, ya que el anonimato del difunto la deslíe.) La foto cumplía entonces con la muerte su papel natural respecto de cualquier otro acontecimiento de la vida, es decir el de recordatorio, al igual que lo hacían la mascarilla mortuoria o el dibujo o pintura postmortem (de hecho Mitre tuvo también su mascarilla). Hoy esa función fotográfica nos produce náuseas; la consideramos morbosa, absurda y patológica.

La ética periodística que exonera las imágenes fotográficas de muerte o agonía de hombres públicos en los medios, considerándolo una canallada, coincide plenamente con la sensibilidad individual moderna, que borró de su horizonte la fotografía del difunto familiar por morbosa. Y ese es el punto en el que estamos: el recordatorio de la agonía y la muerte es ofensivo, que es lo mismo que decir que la muerte es ofensiva. Algo bastante irrisorio, ¿verdad?

* Historiador fotográfico.