Ver duele

El título de este comentario es una frase de Octavio Paz. Y por esa razón me atrevo a pensar que nadie ha fotografiado el terror en el rostro de una persona mientras es torturada. No quiero ver esa foto si acaso existiera. Pero me pregunto si este tipo de imágenes son necesarias para tomar consciencia verdadera de la tortura como herramienta de opresión, de control, o simplemente como diversión perversa.

Las fotos que los soldados estadounidenses hicieron en la cárcel  de Abu Ghraib en Irak no muestran los rostros de los prisioneros, salvo cuando estos ya estan muertos. Retratar el horror es casi imposible incluso para aquellos que no encuentran una barrera ética, o simplemente humanitaria frente a sus víctimas.

El fotógrafo sueco Joaquim Eneroth retrató en su trabajo «Testimonios 2008» a cuatro monjes y monjas Budistas del Tibet que padecieron las torturas del gobierno chino durante los años que permanecieron en sus cárceles. El monje Palden Gyatsho, que estuvo prisionero por 33 años antes de escapar a la India, se llevó consigo algunos de los instrumentos que fueron utilizados para castigar y mutilar su propio cuerpo. Eneroth logra representar lo indocumentable, exponiéndolo de un modo detallado y distante, sobre fondos despojados. Cada uno de nosotros conservará en la memoria alguno de estos objetos friamente descriptos, o las facciones de estas personas que han sobrevivido al infierno.

«La fotografia es como una cita, una máxima o un proverbio», dice Susan Sontag en «El Dolor de los demás». Las fotografías de Joaquim Eneroth son como una frase en la que se ha prescindido de los verbos. Son apenas unas pocas palabras, las necesarias para despertarnos al horror en el parpadeo de una mirada.