El extraño caso de la escultura desmayada

Caminaba por la explanada de la Vuelta de Rocha, con el viento de frente, escapando de los cuida coches tarifados de La Boca. Se inauguraba  una muestra en Proa y siempre es buena excusa darse una vuelta y comerse un tiramisú en la cafetería…

No me detuvieron ni siquiera los perros disfrazados que siempre merodean frente a la entrada prinicipal de la Fundación. Recorrimos la muestra, animada por su curador Giacinto Di Pietrantonio (en la foto de arriba de todo). Me distraje un poco, cuando una escultura sufrió un desvanecimiento súbito, y hubo que darle primeros auxilios. Me distraje aún más (pero ahora en serio) cuando vi la enorme pintura de Ben Vautier. Una mujer escuálida que mira al expectador. Se titula «Quiero desaparecer». El grupo siguió y yo me quedé parado frente a esa chica que me seguía mirando. Me perdí en los detalles de su cuerpo, de su vestido, de las pinceladas del autor, el color marchito.

Y una vez más quedé inmovilizado frente al retrato del Papa Inocencio X pintado por Velázquez. Pensé (si, sOlitO!) en lo difícil que resulta «inmovilizar a un espectador» con una fotografía. A ver, a ver amigos lectores. nO me quiero poner a la defensiva! Pero les hago una apuesta: ¿Cuánto tiempo «aguantan» observando una buena fotografía?

Ya lo decía Barthes. Bueno, no me acuerdo muy bien de lo que decía cuando se refería a la foto de su madre, pero era algo asi como que se acercaba, se acercaba cada vez más a la superficie del papel, y ni con una lupa de gran aumento podía distinguir… nada más que granos de plata quemados. Eso era la imagen de su adorada madre. Y si me acerco a estas pinturas que les comenté, si ustedes se acercan verán que en los detalles está el pintor, el autor oculto detrás de los trazos, del material real. Yo me pegué durante un buen rato a la foto de Jeff Wall (abajo). Vi un detalle, dos. Pero no fue la misma experiencia. Si señores, soy un traidor a la fotografia. Ahora me van a colgar en el mismo gancho que a Marcos López!

No! no!. Me resisto, me descuelgo del gancho. Me bajo, me niego dos veces, tres (¿?). Y afirmo: para que una foto nos atrape, la foto tiene que ser buena. Y una buena foto no tiene reglas. Se inventan en el preciso instante en el que la estamos contemplando. Se desarrollan frente a nuestros ojos y el resultado nos deja estupefactos. Otra vez amigos mios, les pido ayuda: ¿Cuál es vuestra foto inolvidable? ¿Será una imagen familiar, una foto de prensa, o un gran maestro que nos pegó el puñetazo?

«Soy capaz de todo, y todo me espanta», dice el Marqués de Sade frente a un ilusiorio Marat que no para de rascarse. «Lo que importa es el detalle y sus conexiones, si no, el camino se borraría» (Marcelo Cohen). Es el desafío a la imaginación; no es la originalidad ni el atrevimiento. Es la impiadosa función de hacernos ver, aún en contra de nuestra voluntad.